sábado, 27 de octubre de 2012

Aferrados a la esperanza

 Por: Dominga valdez

La mañana aun iniciaba, aquella sala estaba atestada de sillas de ruedas, padres asueñados por madrugar, para poder alcanzar un turno, de los cientos de personas que acuden a las Clínicas de Distrofia Muscular, en el Hospital Auxilio Mutuo, de Hato Rey.

Sentada junto a mi hijo, en su sillón de impedidos, fijaba la mirada, en cada padre que llegaba con sus vástagos a sus citas, con sus fisiatras donde se ven tantas condiciones degenerativas, causadas por estas enfermedades que a cualquiera, que tenga hijos saludables, si visita ese lugar, se les arruga el alma.

Como madre es muy triste y duro estar en esa sala, observando cada rostro, es desgarrador, solo ver niños, empezando a vivir, con una de estas condiciones, jóvenes, graduados de las distintas universidades, teniendo que darles a su vida un giro de 350 grados, por no poder caminar, correr, hacer deportes, bailar, asunto que hacían anteriormente.

Muchas de estas condiciones, aparecieron en sus vidas de repentes, otras congénitas y algunas se manifiestan en la adultez, entre edades de 30 a 49, 60 años.
De todos los casos que vi llegar, uno en particular, logró llenar de lágrimas mis ojos, aquella pareja de jóvenes, con una niña hermosa en brazos, todos miraron extrañados, porque nadie va a esas clínicas, sino, en sillas de ruedas, pensé afligida, que quizás no tenían una adecuada para la condición de la menor.

La condición de la niña, se llama DUCHENNE, por sus siglas en inglés, (DMB) un tipo de distrofia, que ataca, entre los 2 y 6 años, siendo esta una de la más común, y donde progresivamente, provoca una atrofia general de los músculos y una fuerte debilidad, en la parte superior de las brazos, piernas y pelvis, llegando a vivir los pacientes no más de 20 años.

Pero estos padres, que dejaron las fiestas, los amigos, para no tirar la toalla y dedicarse de lleno al cuidado de esta pequeña, entendieron que la fe y la esperanza, los mantienen en pie de lucha.

Tenían ellos una mirada, diferente a otros padres allí presentes, transmitieron paz y sus ojos estaban alegres, enviando mensajes, de fortalezas a los presentes, hablando sin palabras, como queriendo decir “Se puede, si queremos”.

Aquella niña, acariciaba con ternura el rostro, de un padre feliz, balbuceando palabras, que el interpretaba, tirando por el suelo los pronósticos, de que los brazos, de ella no le levantaría jamás y lo estaba haciendo, porque el amor da vida.

Esos padres, comunicaron sin saberlo y todas las miradas, estaban puestas sobre ellos tres, miradas de lastimas y compasión, las cuales ellos ignoraron. Sus sonrisas abiertas las brindaban a todos esos desconocidos padres carentes de fe, mandaron una y otra vez tantos metas mensaje, que aman a su hija, por encima de todos los resultados positivos, sobre el avance de la condición.

Ellos asistieron a esas clínicas de terapias, en busca de palabras de aliento, de parte del doctor, fueron a enseñarnos que las realidades, hay que aceptarlas con valentía, porque saben el desenlace, de la condición de su hija, pero no se amilanan, ni sufren pensando, ¿cuando a su niña, le llegará la muerte?

Esos nóveles padres, nos dieron a todos esa mañana del jueves, una lección de vida, demostrando, con 4 horas de besos y abrazos, que las personas discapacitadas, sólo necesitan unos padres igual de especiales, como ellos, que les brinden, tolerancia, tiempo, amor y sobretodo su aceptación.

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